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domingo, 26 de octubre de 2014

195 Martes de Radio




La Crónica deportiva 21 de Octubre de 2014



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AUDIOS DE TRIBUNA

Quinta Temporada-34 programa del año **


LA FOTO DEL FULBO QUE TODOS ALGUNA VEZ JUGAMOS


Es hermoso el fútbol de la muchachada. El fútbol amateur, el de los equipos de barrio. El que se juega en canchas alquiladas. O en los pocos potreros que nos quedan. El que llena el Parque Saavedra. O la cancha de Alianza. O la de atrás de los cuarteles de Ciudadela. O los descampados de San Miguel. Sobre ese fútbol se ha escrito poco y mal. No seré yo quien lo remedie. Mi humilde intención es trazar algunos apuntes para que algún estudioso de verdad empiece a escribir de una vez un tratado completo sobre el tema.

Orígenes y dificultades

Un equipo atorrante puede nacer de mil maneras distintas. A veces se compone de cumpas que trabajan en la misma panadería. En otras ocasiones, sus integrantes van al mismo colegio. O viven en el mismo barrio. O los echaron de un equipo anterior. Hubo una época en que no se concebía un grupo de más de diez personas que no tuviera su propio equipo de fútbol. Empresas, oficinas, herrerías, sociedades literarias y simples patotas han dado nacimiento a temas de tan glorioso recuerdo, que a veces uno sospecha que la fundación de ciertas entidades comerciales no ha sido sino el pretexto para la aparición del equipo de fútbol correspondiente.
Sin embargo no todo es tan fácil como parece. Hoy en día resulta bastante dificultoso juntar once. Yo recuerdo épocas en que cada vez que aparecía una pelota, había que echar a patadas a los postulantes. Ahora todos son estrellas. Este no puede porque tiene que viajar a Saladillo. El otro se va a la pileta. Al de más allá, la mujer no lo deja. Después quieren que el fútbol ande bien con semejante morralla. Otro inconveniente es conseguir rivales.
-No, nosotros estamos en un campeonato.
-No, nosotros jugamos solamente contra equipos de otras empresas.
-No, este fin de semana ya tenemos partido.
No, nosotros jugamos nada más que los lunes.
No, a esa hora ni locos. Es un infierno, les garanto.

Pero supongamos que usted ha conseguido a once malandras y que ha concertado un desafío contra unos tipos de San Isidro el domingo a las nueve de la mañana en la cancha del Parque Hernández, en San Martín. La noche anterior usted empieza a sufrir. Porque de golpe y porque sí, dos tipos se borran. Hay que conseguir otros dos. Entonces usted comienza un espantoso peregrinaje en busca de reemplazantes. Y llama por teléfono o toca timbres de sujetos que usted jamás convocaría en circunstancias normales. Y -para peor- los muy canallas se hacen los difíciles.
-¡Eh, recién ahora me avisás! Y usted ruega y se arrastra por el suelo ante troncos irrecuperables tratando de arrancarles la promesa de su asistencia. Al final, cerca de la medianoche, el equipo queda completo, con la desagradable presencia de un pibe de once años y de un cuñado suyo que ni zapatillas tiene. Algo más tranquilo, usted procede a preparar su ropa. Indumentaria clásica: un par de medias llenas de agujeros. Otro par de medias para usar debajo, que también tiene agujeros, pero en otra disposición. Un pantalón con tierra del partido anterior. Un par de zapatillas gastadas y otras decididamente inservibles, para prestarle a su cuñado. Hay también canilleras, pedazos de trapo, piolines y otras basuras que suelen guardarse en la bolsa, más que nada para no tirarlas. Después de esta operación, antes de acostarse, usted mira el cielo. Y con indignada consternación descubre algo espantoso: se está nublando. Son las cuatro de la mañana y usted permanece despierto. Truena. Sopla viento. ¿Lloverá? ¿Podremos jugar igual? ¿Desertará algún pusilánime ante la ventisca? Transpirando a causa de la incertidumbre, usted se duerme a las cinco. Pero a las ocho ya está en pie. Despierto y con el corazón ardiente. Ha limpiado. Sin nada en el estómago, usted se constituye en la cancha del Parque Hernández. cuando llega son las nueve menos cinco. Y le espera una sorpresa desagradable: usted es el primero.
Pasan dos colectivos sin detenerse. El panorama es desolador. Sin embargo, en una punta del parque, como a cien metros de allí, hay unos morochos peloteando. Usted piensa que pueden ser sus compañeros que han llegado más temprano. Trota hasta llegar a ellos: se trata de desconocidos. A las nueve y diez llegan otros atorrantes. -¿No vino nadie? -preguntan inquietos.
-No -contesta usted.
Entonces los recién llegados se desesperan y se indignan. Los contrarios tampoco aparecieron. El partido peligra. Cada vez que se detiene un colectivo, la esperanza ilumina a los reos. Desde antes que el coche pare, ya se van agachando para palpitar a través del parabrisas el arribo de algún otro malandra.
-A esta hora ya no viene más nadie -dice alguien.
Finalmente, a las diez menos cinco, con los nervios destrozados, usted empieza a jugar.

Nomenclatura, indumentaria y heráldica

Llega un momento, después de mucho padecer, después de innumerables desencuentros y partidos frustrados, en que el equipo tiene un elenco más o menos estable. Y aumenta la frecuencia de los desafíos. Entonces va creciendo el espíritu de cuerpo y el deseo de consolidar el grupo. Este sentimiento ha engendrado no pocos clubes de barrio, con sede y todo. Pero la primera medida que garantiza la existencia de un cuadro es la búsqueda de un nombre. Enseguida aparecen propuestas inevitables: "Brisas del Plata", "Once corazones".O sugerencias chuscas, casi murgueras: "Los lonyipietros de José Ingenieros", "Sacale el hilo a esa chaucha".
Me permitiré mencionar -a modo de homenaje- los inmortales nombres de algunos cuadros atorrantes que he conocido: "Halcón de Caseros", "Ciclón de Jonte", "Empalme San Vicente", "Barrio Chino", "Estrella del Sur", "Namuncurá", "Los místicos", "Agronomía Central", "La Academia", "Celtic de Merlo", "La matraca", "Hindú", "Resto del Mundo", "La Cicloneta". Que el olvido perdone a todos ellos. Otro hecho de importancia fundamental para la perduración de un cuadro es la adquisición de camisetas. Ya todos sabemos los métodos que se emplean para reunir el dinero: rifas, colectas, sustos y disparadas de toda índole.
Debo hacer notar -eso sí- dos tradiciones que se verifican siempre. La primera exige que las camisetas se estrenen perdiendo. La segunda, que se destiñan al primer lavado.

Personajes del fútbol atorrante

Renato Cesarini decía que uno es igual en la cancha y en la vida. No sé si esto será cierto. Con la gente -ya se sabe- es inútil proponer leyes inmutables. Los postulados sirven para triángulos y cotangentes, pero no para los hombres de carne y hueso. Allí fracasan. Pero volvamos al potrero. Conozcamos sus personajes principales.

El morfón:
Azote de las canchas. Egoísta y obcecado. Jamás pasa la pelota. Únicamente lo hace cuando está perdido. Sus pases son imperfectos, de mala gana, mordidos y con efecto. Algunos han querido ver en el morfón una concepción individualista del fútbol. Yo creo, simplemente, que un morfón es un pavote.


El tronco:
No sabe nada. Es torpe. Y cada partido es para él una humillación.

El sobrador:
Cobarde en la adversidad y fanfarrón en el triunfo. Este jugador suele aparecer cuando el equipo gana tres a cero. Entonces tira caños, intenta lujos y se burla de los rivales.

El pecho frío:
Ausente de barullos y entreveros. Nunca se ensucia. Nunca grita. Nunca se enoja.

El loco:
Suele ser puntero. Es eléctrico e imprevisible. Jamás hace caso, habla solo y se ríe de sus jugadas absurdas.

El arquero:
Nunca supe qué es lo que hace que alguien se vuelva arquero. Quizá alguna oculta vocación de trapecista. Hay algo curioso: los pibes más chicos se desesperan por ir al arco. Conforme crecen abandonan los tres palos y ya grandulones, hay que mandarlos a atajar de prepo.

El tipo que pasaba por ahí:
Personaje cuya importancia pocos han comprendido. Es el undécimo hombre. Cada vez que falta uno, los muchachos miran a su alrededor, eligen al morocho más aparente y le lanzan la invitación. ¿Querés jugar? Y el tipo acepta. Lo ponen de cualquier cosa, por allá adelante. Nunca le dan un pase. Lo ignoran. Ni siquiera le reprochan nada. Cuando termina el partido todos se olvidan de él, como si no hubiera jugado. Y quien sabe cuántos triunfos se han cimentado en el humilde trabajo de los tipos que pasaban por ahí.

El pibe:
Es más chico que todos y se abusa. Sabe que no lo van a tocar y que hay diez grandotes dispuestos a defenderlo. Lo mejor es darle sin asco.

Hay muchos:
el referí, el matón, el héroe, el caudillo, el delegado, el gritón, el que reparte las camisetas, el llorón, el lesionado, el suplente, el pavo y otros mil.

"Futbol Atorrante" por Alejandro Dolina



IDOLOS ARGENTOS

Silvio Marzolini



Fue un caballero de fina estampa, en su vida particular o recostado sobre el lateral izquierdo. Elegante de un lado y del otro lado de la raya de cal. Tipo correcto, dentro y fuera de la cancha. Sobrio para defender y crack para atacar. Hizo sus primeras armas en Deportivo Italiano –quizá por la sangre tana de su familia paterna– pero las divisiones inferiores las completó en Ferro. Con sólo 15 años, se peleó con los dirigentes del club de Caballito por exigir que lo dejen jugar en primera a pesar de su corta edad. La sanción fue exagerada: lo suspendieron por dos años. Cualquier otro se hubiese ido de un portazo del club, pero Marzolini se la bancó, siguió entrenando sabiendo que tenía prohibido jugar y finalmente el tiempo le dio la razón: debutó en primera a los 18 años con la camiseta verde. ¿Contra quién? Contra Boca…
Se hizo hincha de Boca, cuenta, gracias al señor que se encargaba de prender los faroles en las esquinas, y que de vez en cuando se quedaba a verlo jugar en el potrero de la cuadra.


Por entonces, el hombre fuerte en la dirigencia del club xeneize ya era Alberto J. Armando, que aquella misma tarde presenció el partido y decidió incorporar a dos jugadores de Ferro: el propio Marzolini y el Tano Angel Roma, nada menos.


jugó 13 años con la azul y oro. Hasta hoy, sigue siendo el jugador con más superclásicos jugados en Boca. Ganó seis títulos en una de las décadas más importantes para el club. “Los mejores fueron el del ’62, por ser el primero, y el del ’69. Ese año dimos la vuelta en cancha de River. Yo era el capitán. No querían que la demos, hasta nos prendieron los grifos, y nos tiraron mil cosas, pero la dimos”,

Junto con Suñé, en 1971, representó al club en la huelga que los futbolistas realizaron por 45 días para reclamar ser considerados como trabajadores, y replantear algunas normas que les impedían quedar libres o cobrar cuando debían.

Cuando se enteró, Armando los reunió para comunicarles su desagrado con la protesta, y desde allí los colgó. No los dejó jugar ni en Primera, ni en Reserva. Hasta rechazó una oferta de Francia por Silvio: “Después me dieron el pase pero sólo podía irme al Interior del país, y yo no quise. Así que ahí decidí dejar de jugar. Fue muy duro”, recordó. Y agregó: “Armando era un tipo muy difícil. Vendía a los mejores a lugares donde no podían vulnerarnos. Cuando lo vendió a Rojitas a Perú decía ‘la casa más grande de este va a ser un primer piso así de chiquito’.
Pero al mismo tiempo fue uno de los mejores presidentes de Boca, y eso que a mí me lastimó”.


 
Un capítulo aparte merece aquel Boca bicampeón de 1969, quizás uno de los mejores equipos de la historia xeneize. Roma; Suñé, Meléndez, Rogel, Marzolini; Novello, Madurga, Medina; Ponce, Angel Rojas y Peña, es la formación más recordada de aquel plantel donde también alternaban Nicolau, Rattin, y Savoy, entre otros. El técnico era el gran Alfredo Di Stéfano. Allí mismo apareció un Boca brillante, demoledor y contundente, tanto desde lo futbolístico como desde lo anímico, donde Silvio Marzolini fue uno de sus máximos estandartes. El torneo Nacional fue paliativo mayúsculo para los hinchas xeneizes y la Doce cantaba desde las primeras fechas: “...carnaval, carnaval, la vuelta la daremos en el gran Monumental...”. Es que el fixture regalaba una perlita: el superclásico se
jugaba en la última fecha y en Nuñez. Así, el 14 de diciembre de 1969 se jugó el partido del año. Boca llegó con dos puntos de ventaja sobre River. Con sendos goles tempraneros de Norberto Madurga, la fiesta fue toda azul y amarillo. Es cierto que River logró empatarlo 2 -2 remontando la diferencia, pero también lo es que aquel Boca de Marzolini y compañía era ampliamente superior. “Yo era el capitán –recuerda Silvio- y me habían pedido que ni se nos ocurra dar la vuelta olímpica. Pero nosotros ya lo habíamos decidido: la dábamos igual. Y así lo hicimos, aunque nos abrieron los grifos de las mangueras que estaban al costado de la cancha y nos tiraban con botellas desde las tribunas”.

Bien peinado, fachero y jugadorazo, su fama llegó a oídos europeos. Lo vinieron a buscar clubes de primera línea, desde el Real Madrid hasta la Fiorentina, la Lazio o el Milan. Él siempre dijo que no, que estaba hecho para Boca y para la Selección.


Cuando en 1981 la oposición sacó a Armando, Silvio volvió a Boca, pero ya como entrenador. Con un Diego Maradona de 20 años como estandarte ganó el Metropolitano, entre felicidad y dolor por problemas de salud (fumaba en demasía y tuvo problemas del corazón, le hicieron un bypass). “Con Maradona tuve mejor relación en el ‘95, cuando volvió, que yo dirigí también. En el 81 era un chico que ya era un gran jugador, y él lo sabía. En el interior ya pagaban 120 mil dólares por cada partido amistoso de Diego”, contó.

Con la argenta en el pecho

Marzolini se convirtió en un símbolo de la Selección de fútbol de Argentina durante la década de 1960. Disputó, entre 1960 y 1969, 28 partidos en los que convirtió un gol. Participó, además, en el mundial de Chile y la Copa Mundial de Fútbol de 1966.
Inglaterra 1966.
Justamente allí, en territorio inglés, luego de que la Selección argentina fuera eliminada en cuartos de final por los locales, a Marzolini lo votó la prensa internacional como el mejor número 3 de la Copa. Y realmente era el mejor en lo suyo. Le sobraba clase, tanto para defender su flanco como para utilizar ese surco con visión ofensiva.


En ésta última, Marzolini fue votado por la prensa especializada como el mejor marcador de punta izquierdo del mundo tras dicho torneo por sobre el mítico italiano Facchetti.
Convocado por el Toto Lorenzo, disputó el Mundial de 1962, en Chile. Junto a Sacchi, fueron los únicos que jugaron de titulares en los tres partidos. Un año más tarde, con su muy bien ganada fama de lateral-crack, fue invitado a participar de la selección Resto del Mundo que debía jugar ante Inglaterra: una lesión le impidió estar presente.

También participó en las Eliminatorias de 1969 válidas para la Copa Mundial de Fútbol de 1970 en México y la Selección de fútbol de Argentina fue eliminada por la Selección de fútbol de Perú en aquella tarde desafortunada en la cancha de Boca Juniors. Marzolini opinó así: "Fue una fatalidad porque eramos más que Perú y Bolivia futbolísticamente".
Fue DT del D10s mas grande, en el 81 cuando lo sacó campeón y en el 95 en su inolvidable vuelta a Boca. 


Carnet de ídolo

Nombre y apellido: SILVIO MARZOLINI
Nació: 4/10/1940
Jugó: 28 partidos entre 1960 y 1969
Goles: 1
Mundiales: 1962 y 1966
Títulos: 1 (Torneo Panamericano 1960)
  

La Yapa: 

Esa no muy conocida faceta de Silvio

Cuando los hombres hablan de mujeres (1967)



Sinopsis: 

Tres historias contadas en una casa de baños turcos: dos fanfarrones son burlados por una vedette, dos fanáticos de boca y su amor-odio por dos chicas hinchas de River; un hombre, padre de ocho hijas, busca el varón a pesar de su esposa.




Dirección:
Fernando Ayala
Guión:
Gius
INTÉRPRETES
Jorge Salcedo
Jorge Barreiro
Libertad Leblanc
Enzo Viena
Beatriz Taibo
Pepe Soriano
Luis Sandrini
Malvina Pastorino
Diana Ingro
Nelly Láinez
Guillermo Cervantes Luro
Silvio Marzolini
Cacho Espíndola

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