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lunes, 18 de noviembre de 2013

Otro cuento y no del Tío

El día del niño

    

— ¿A vos te parece llevarlo a la cancha? —Empezaba la interrogación de mi mujer— ¿No será peligroso?

—No mi vida, no pasa nada, ya tiene cinco años Valen —le respondí desganadamente como para que le genere seguridad.

—Por eso, es chiquito —continuaba con su paranoia— Se puede asustar con los petardos, además no me gusta eso de los barras y toda esa gente violenta.

—Andrea, fui toda mi vida a la cancha —dije seriamente—, siempre fui a la popular y acá me tenés, vivito y coleando. A Valentín lo voy a llevar a platea encima. Es mucho más tranquilo.

—No sé, no me gusta que vayas vos, menos me gusta que lo lleves al nene —protesto Andrea.

—Mi amor, no pasa nada —yo vire mi estrategia hacia la súplica—, es el día del niño además, se lo vengo prometiendo al nene desde que cumplió cuatro años.

—Me parece peligroso para un nene de su edad, llévalo a un pelotero —argumentaba ella.

—Linda, Roberto lleva a su Guillermito desde los dos años —objete algo molesto— nunca le paso nada. Vos me decís que lo lleve a un pelotero y está lleno de piojos eso.

— ¿Si, pero vos viste como es Roberto, no? —dijo despectiva mi esposa.

—Es un tipazo no sé qué decís de él —respondí enojado, me había molestado bastante ese maltrato a un amigo de muchos años.

—Es un vago, Javier, un vago —me dijo más despectivamente aun— está divorciado de Susana y uno de los pocos días que puede estar con el hijo a solas, se lo lleva a la cancha.

— ¿Y qué mejor que compartir un domingo de cancha con tu pibe? —me mande a la ofensiva.

—No son lugares buenos para los chicos —seguía cerrándose mi mujer.

—Dale ma, deja que me lleve a la cancha —pidió Valen que hasta ese momento permanecía callado, haciendo rodar un autito.

—Valen es peligroso —dijo comprensiva la madre.

—Pero papá viene conmigo, dale ma —seguía con la súplica el pequeño.

—No sé, hijo —permanecía inquebrantable Andrea— además vos Javier, siempre me decís que en la platea pasan insultando y no quiero que Valentín aprenda malas palabras.

—Andrea déjate de joder  —me defendí— en las novelas que escuchas vos, putean más que en una cancha. En la tele están todo el día meta a decir malas palabras.

Andrea se quedó pensando, yo en cambio seguí tomando mi café y hojeando el diario. Valentín en cambio seguía sumergido en su mundo, mientras paseaba su diminuto autito verde de plástico por la mesa.

—Bueno llévatelo —tiro Andrea mientras se levantaba de la silla— pero  Valen, esta semana te vas a portar bien y no vas a dejar tus juguetes tirados por ahí. Si querés que te deje ir.

—Te lo prometo, gracias mami, te quiero mucho — dijo Valen mientras abandono su autito de juguete y corrió a abrazar a su madre.

Yo sonreí por arriba del diario y volví a zambullirme en la lectura. Estaba contento, le había ganado un partido chivo a mi mujer. El asunto estaba cerrado pero al final de cuentas podía llevármelo a Valentín a la cancha. Porque lo más lindo que uno les deja a los hijos es el apellido y la pasión por el equipo de sus amores. Bueno, uno también le deja otras cosas como educación y valores, pero ese es otro tema. Todavía me acuerdo cuando mi viejo me llevo a la cancha por primera vez. Yo tendría unos cinco o seis años. Mi viejo estaba más emocionado que yo. Me moría de ganas de ver cómo era eso de festejar un gol en la tribuna. Pero fue un cero a cero horrible. Me acuerdo que termine jugando a la pelota con otro pibe de la misma edad que yo, en las escaleras de las viejas plateas. También recuerdo como mi viejo se la había agarrado con el lineman y lo puteo durante todo el partido. Pero la pase diez puntos, desde aquel hermoso día soleado, que relaciono el olorcito a carbón con esa primera vez en una cancha.

La semana previa, Valentín estuvo emocionadísimo. Se la paso correteando por toda la casa con la camiseta puesta, juagando con su pelota naranja en el patio de casa. Para enojo de su madre, que protestaba porque Valen siempre rompía alguna que otra planta. Mi hijo me pregunto en más de una ocasión si íbamos a ganar, si podíamos ver de cerca de algún jugador y todas las preguntas que puede hacer un niño inocente. Mi objetivo era justamente ese. Como era el día del niño quería que mi pibe no se olvide nunca de este regalo. Yo ya venía amasando esa idea desde hace rato. Le había comprado una pelota oficial a los de la barra en el último partido que hicimos de local. Tres gambas me salió, un poco cara sí, pero así y todo era mucho menos de lo que me pedían en una casa de deportes. Al balón lo iba a hacer firmar —con alguna dedicatoria— por algún jugador del plantel, luego del partido. Así como Valen me preguntaba por las figuras de nuestro equipo y todo lo relacionado a los jugadores. Su madre me inflo la paciencia durante toda la semana.  Con que era peligroso, con que esto, lo otro.  Yo le soy sincero, el año pasado me fume que ella para el día del niño lo lleve a un pelotero. Estaba lleno de payasos boludos, magos hinchapelotas que te hacían pasar adelante. Encima tenía que fumarme a los otros padres. Más dominados que el carajo, hermano. Ojo yo seré un gobernado por estar ahí, pero por lo menos tenía la rebeldía de quejarme. Era un minúsculo acto de independencia, lo sé. Pero a estos pelotudos lo llevaban de la oreja, y disfrutaban los muy boludos. Valentín la paso bien, pero está en una edad en la que le pones en frente un pedazo de plástico con forma de tereso y se divierte como si estuviese en Disney. Pero este año yo a mi pibe le iba a regalar algo mucho mejor, algo que lo iba a marcar de por vida.

Llego el domingo y a Valen le regalaron de todo. La abuela un tren eléctrico,  mi mujer un conejo enorme de peluche. Me acuerdo que ese conejo tenía una cara de boludo tan grande que te daban ganas de cagarlo a trompadas.  Mi hermana le regalo una computadora de esas pedorras para que los nenes aprendan jugando. A pesar de todos los regalos, medio que a Valen mucho no lo convencieron esos regalos. Estaba mucho más emocionado y expectante por mi regalo, ese que iba a llegar en un puñado de horas. Me sentí orgulloso de mi pibe. Almorzamos unos ravioles en la casa de mis suegros y de ahí nos íbamos a la cancha. Durante el almuerzo se formó un complot para romperme las bolas. Los abuelos —maternos obvio— empezaron con que era peligroso, mi mujer encima los apoyaba. Mi cuñado que es un flor de pelotudo me dijo que iba a llevar a su hijo a no sé qué festival de mierda en la plaza y si no quería que lo acompañemos.  Lo saque cagando, termine de comer rápido, lo cargue a Valentín en el auto y nos fuimos a la cancha ante los ruegos de mi mujer de que nos cuidásemos, como si iríamos a la guerra en lugar de a una cancha. El chico iba mirando para todos lados, le brillaban los ojitos. Era hermoso ver el entusiasmo en su carita de ángel. Llegamos al estadio, como de costumbre deje el auto estacionado a dos cuadras de la cancha. Fui al baúl a buscar la bolsita con la pelota desinflada que iba a hacer autografiar por algún jugador.

— ¿Eh amigo, no tiene algo a’ lo’ pibe’ por estaciona’ acá? —me sorprendió una voz a mis espaldas, mientras cerraba el baúl.

—Si como no —atine a responder mientras sacaba la billetera. No le iba a da más de veinte pesos, como siempre lo hacía.

—Papi, papi le vas a dar plata a este delincuente —me dijo Valentín inesperadamente, ante mi atónita mirada. El “trapito” me miro con odio.

— ¡Valen como vas a decir eso! —lo reprendí a mi hijo.

—Mami dice que estos son unos vagos y sinvergüenzas —agrego Valen. Yo no sabía dónde meterme, agarre un billete de 50 y se lo di al “cuidador de autos”. Este lo tomo con cierto odio y no me dijo nada, yo sonreí nerviosamente, lo agarre a mi hijo y nos fuimos rápidamente. Mientras caminábamos, lo rete al nene por ser tan inoportuno. Pero no me daba pelota. Estaba extasiado por todo lo que lo rodeaba en el camino. Estaban los vendedores de banderas, los clásicos choripanes en las parrillas. Me pidió que le comprara algo de la parrilla, le respondí que después del partido, ya que hace un rato habíamos comido.

Llegamos a la cancha y entramos. Subimos las escaleras hasta las plateas y no sentamos. Valentín estaba chocho. Miraba para todos lados, hacía preguntas. Aplaudía, cantaba. Yo también estaba feliz como él.  El partido fue medio un embole. No me voy a poner a describir todo el encuentro, porque fue muy aburrido. A los cinco minutos ya perdíamos uno a cero, en la primera y única llegada del equipo contrario. Nuestro equipo daba asco. Sin embargo Valentín disfrutaba juntando papelitos y tirándolos de nuevo hacia la cancha. Era un monumento a la ternura. En el entretiempo le compre una gaseosa. En el complemento la cosa no cambio y el partido seguía siendo un dolor de ojos. Pero llego el empate. El gringo Godoy, de cabeza había metido el empate. Hice lo que siempre soñé, abrazarme a mi hijo para celebrar un gol. Le soy sincero: se me pianto alguna que otra lagrima de emoción. El partido termino así, sin muchas emociones más. A la salida fuimos al estacionamiento a esperar a que algún jugador me firme el regalito para mi pibe. Habremos esperado como media hora, cuando apareció la enorme figura de Enrique Godoy.

— ¡Gringo! ¡Gringo! —lo llame— ¿me firmas la pelota para mi hijo?

El gringo, no dijo nada y se me acerco en un hermoso gesto. Le entregue la pelota.

— ¿Cómo te llamas pibe? —Le pregunto a mi hijo.

—Valentín —dijo tímidamente el chico— ¿vos cómo te llamas?

—Yo soy Enrique Godoy, pero me dicen el Gringo —dijo con una ancha sonrisa el nueve.

—¡Ah vos sos el muerto de Godoy! —exclamo inesperadamente Valentín —Papá siempre dice que sos un puto.

Yo sentía lentamente como mi cara se iba calentando y poniéndose roja. Le pegue un tironcito a la manga de la campera de mi hijo y lo mire fijo.

—Ah mira vos —dijo Godoy mientras me echo una mirada de odio— ¿Qué más dice tu papa?

—Que sos horrible y siempre pide que te lesiones —dijo divertido Valentín mientras yo no sabía dónde meterme. Fue ahí cuando Enrique Godoy termino de firmar la pelota, se agacho para entregarle la pelota a mi hijo y le dijo: “Quiero ver cuantos jueguitos haces”. Acto seguido se levantó y me emboco una trompada en el ojo derecho que me sentó de culo en el piso. Valentín seguía embelesado con la pelota y por suerte no se dio cuenta de lo sucedido.  El gringo Godoy se dio media vuelta y se marchó. Me levante, lo tome de la mano a mi hijo y nos fuimos rapidito.

—Papi, me prometiste comprar asado —dijo Valentín mientras pasábamos por al lado de una parrillita precaria hecha de tambor. Suspire molesto, frenamos y le compre un sanguchito de bondiola. Caminamos hacia el auto mientras Valen degustaba su comida. Al llegar al auto observe como lo había rallado por todos lados y encima le había arrancado uno de los espejos retrovisores. Me quise morir. Seguramente fue el “trapito” vengándose de lo dicho por Valentín.  O por ahí no, pero ya no tenía ni ganas de ponerme a pensar. Nos subimos, puse primera y empezamos el retorno a casa.

—Papi me siento mal —me dijo Valentin, justo cuando lo iba a cagar a pedos por lo que había hecho hoy.

—¿Qué tenes hijo? — le pregunte mientras iba deteniendo el auto.

—Me duele la panza pa —respondió el nene. Casi no pudo  terminar de responder, hizo una arcada y empezó a vomitar. Me vomito todo el auto. Detuve el auto, abrí su puerta pero ya era tarde. Ya había lanzado todo, lo importante es que se sentía mejor de la panza. No le quise decir nada, pero el ojo se me empezar a hinchar cada vez más. Por suerte ya casi llegábamos a casa.

— ¿Cómo la pasaste Valen—Le pregunte.

—Fue el mejor día del niño de mi vida, gracias pa—me respondió Valentín con una enorme sonrisa. Me sentí reconfortado, si bien el ojo me dolía como la reputisíma madre que lo pario, esa sonrisa me curaba todo. Por fin habíamos llegado a casa. Valentín bajo corriendo. Nos recibió Andrea con una cagada a pedos, pero se frenó cuando vio mi ojo. Le dije que después le contaba cómo había sido todo. Me hizo un gesto como diciendo: “Que boludo que sos”. Mientras, Valentín no paraba de contar todo lo vivido recientemente en la cancha. Fue un lindo día a pesar de todo.

El otro día vino Valentín con su sonrisa compradora a preguntarme algo

— ¿Papá cuándo vamos a la cancha de nuevo?


—No sé hijito, es peligroso, tu madre tiene razón—le respondí mientras me tocaba el ojo que todavía me dolía.



A. Schweinheim 
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

jueves, 14 de noviembre de 2013

El Golpe de la Hormiga (cuento)


-¡Veinte años, carajo!¡Veinte años! ¿Qué me decís a eso? ¿Querés que me quede así, sin hacer nada?
Bogado no sabe qué contestar. Parpadea varias veces, algo aturdido por los gritos del Hormiga, que sigue de pie al otro lado de la mesa, con los puños sobre la madera. La cara del Hormiga está casi en sombras porque la lámpara es muy baja, pero Bogado sabe que sus ojos sacan chispas y que está empapado de sudor por el esfuerzo de tratar de convencerlos.
Bogado se mira las manos para no cruzarse con los ojos de los demás que, sentados a los costados, sin dudas están clavándole la mirada. Saben que están esperando que hable, como si siempre fuese el dueño de la última palabra. Por algo el Hormiga lo ha llamado primero a él para organizar esa reunión de desquiciados. Y por eso lo ha usado a él como interlocutor principal para darle los pormenores de ese proyecto de locos. Y por eso le ha contestado específicamente a él todas las preguntas, todas las objeciones, que todos los presentes le han ido planteando al Hormiga, y que lo han ido poniendo nervioso hasta dejarlo con ese aspecto de energúmeno escapado de un loquera.
Bogado chista y sacude la cabeza. Ridícula. Toda la situación es ridícula. Y ellos son ocho boludos. Eso es lo que son. Los ocho reunidos en esa habitación oscura, con la lámpara sobre la mesa como si fuera un garito o un aguantadero de película mala, y ellos un banda de chorros planeando al asalto del siglo.
- ¿Te lo vuelvo a explicar? – el Hormiga baja el tono en un intento por tranquilizarse.
Bogado alza una mano para disuadirlo: -No. Pará. No tiene sentido.
- Te digo que sí – porfía el Hormiga-. Primero: lo vengo estudiando desde hace dos años. Dos años. ¿Me escuchaste bien? – Bogado, resignado, asiente-. Segundo: conseguí ese laburo de vigilancia nada más que para esto, y vos lo sabés bien, José. –Mira brevemente a su derecha, y una de las cabezas convalida con un gesto afirmativo-. Tercero: me parlé cincuenta veces al supervisor para que me mandase a controlar el sector ese, porque si me mandaban al depósito o al estacionamiento me cagaban, y se iba todo el asunto a la mierda. – De nuevo le habla directamente a Bogado, y éste no quiere que lo haga. – Cuarto: elegí el lugar con un cuidado bárbaro... – duda como buscando palabras más precisas, pero no las encuentra-, bárbaro, el lugar –concluye.
- Nadie te dice lo contrario, Hormiga – Bogado intenta cortarlo.
- Pará. Dejame terminar. El lugar que les digo es bárbaro. De lo mejor. Hay una cámara que lo enfoca medio de costado, pero como las luces de ese lado las apagan, por el monitor no se ve un carajo, ya me fijé. Quinto. O sexto, no sé, para el caso da igual: la alarma está apagada hasta bien tarde, primero por los de limpieza y después por la ronda nuestra. ¿Y querés lo mejor, lo mejor de lo mejor?
Bogado hace un posterior intento por detenerlo:
- Para, Hormiga, cortála. Ya lo dijiste.
El otro lo ignora.
- Escuchá, escuchame un poco –el Hormiga es ahora enérgico pero no ha vuelto a perder los estribos-. De las tres a las cuatro de la mañana se juntan todos los vigilantes en la recepción a tomar un refrigerio. Se supone que se tienen que turnar, pero van todos juntos porque están podridos de estar al pedo y solos como una ostra sin nadie para charlar.
Bogado nota, contrariado, que a fuerza de escucharlo una y otra vez los otros muchachos empiezan a tomarlo en serio. Intenta romper el efecto: -Estás soñando, Hormiga. Vamos a terminar todos en cana, y vos sin laburo, además.
No es la réplica más feliz, y Bogado se da cuenta de inmediato. El Hormiga se sienta y lo mira fijo, con sus ojos claros muy abiertos por la excitación. La nariz, gorda y ganchuda, parece a punto de estallarle con el color escarlata que ha tomado. Con esa piel blanca y el pelo rubio parece un gringo recién bajado del barco. Cuando se conocieron a Bogado le había extrañado el sobrenombre del Hormiga, porque el tipo es alto, flaco y blanquísimo, y se le nota a la legua que es hijo de tanos. Recién al tiempo le explicaron que el mote no era por es aspecto, sino por lo cabeza dura, por lo tenaz, lo porfiado. Cuando algo se le pone en la cabeza no hay Dios que lo convenza de lo contrario, y no para hasta conseguir lo que busca. Y Bogado, esta noche, está sufriendo en carne propia esa forma de ser de su amigo. Y para peor acaba de decir la frase menos adecuada que pudo ocurrírsele. Serán los nervios, piensa Bogado. Pero el otro lo mira con seguridad, casi con dulzura, con la expresión del jugador que tiene todas las cartas en las manos.
-¿Me estás jodiendo? –arranca el Hormiga- ¿Y vos creés que yo no quiero largar ese laburo? ¡Me hacen un favor si me echan! Estoy para esto, Santiago. Nada más que para esto. No se pueden borrar ahora. Dos años para esto, macho. Dos años me comí ahí adentro para esto.
Vuelve el silencio, Bogado asume que acaban de sacarle otro gol de ventaja en esa extraña definición en la que ambos hace rato están empeñados. El Hormiga no miente cuando dice que aceptó el trabajo de vigilancia para esto. El día que le confirmaron el puesto, los reunió a todos, a los mismos que hoy flanquean la mesa, les anunció solemnemente para qué había aceptado ese trabajo. En ese momento todos se lo habían tomado medio en joda y le habían dado manija. Hasta él, hasta Bogado, había tomado parte en el jolgorio. Y tampoco fueron capaces de detenerse después, con el transcurso de los meses, en las ocasiones en las que el Hormiga, muy serio y más entusiasmado, les pasaba informes sobre sus avances. Todos le habían seguido la corriente.
Pero lo de esta noche es demasiado. Citarlos así, en ese sitio, a esa hora, haciéndose el misterioso. Evidentemente el Hormiga se engrupió con eso de dar el golpe del siglo. Pero, ¿de quién es la culpa?¿De él o de los que no fueron capaces de frenarle el carro?
La primera vez que lo explicó, más temprano, con el plano lleno de cruces y de flechas trazadas con marcadores rojos y verdes, se le cagaron de risa porque acaban de llegar y supusieron que era una joda. Pero después, al ver al Hormiga enchufadísimo, se fueron poniendo serios. Por eso Bogado había empezado a asustarse y a tratar de pararlo, de llamarlo a la realidad, de demostrarle que todo era una locura.
Pero cuando más discuten más siente Bogado que el Hormiga se agranda, se afirma, crece en lo suyo. Y peor aún, Bogado palpa en el aire que los demás se van encandilando con su fantasía. Y esa estupidez de haberle mentado el asunto del trabajo. El flanco más fuerte del Hormiga, precisamente.
Porque el tipo ha sacrificado dos años de su vida para eso. No es el único trabajo que el Hormiga puede hacer, ni el mejor pago. Sin ir más lejos el año pasado José le ofreció un reparto de quesos. Buena guita, porque necesitaba alguien de confianza, y el Hormiga, además de todo, es derecho como una estaca. Pero contestó que no, porque no podía dejar “aquello” sin terminar.
Esa es la cagada. Que el Hormiga habla desde la autoridad que nace del sacrificio y la voluntad. No se llena la boca con bravuconadas. Puede tener un plan ridículo. Puede ser una imbecilidad. Pero el Hormiga se la jugó en el asunto, y se la sigue jugando. A Bogado le está costando discutir, encontrar argumentos terminantes, porque se ha pasado la mitad de la velada preguntándose si el hubiese sido capaz de un sacrificio como ése, durante tanto tiempo, y no puede contestarse del todo.
Y más que nada por algo así, por algo que se supone que es una estupidez en la vida de la gente. Bancarse un laburo mal pago, con jefes hijos de puta, con unos francos rotativos de porquería, para darle de comer a la familia, Bogado lo hace sin dudar un instante y lo mismo cualquiera de los que están reunidos alrededor de la mesa. Pero acá no se trata de alimentar a la familia, si no de algo distinto. El Hormiga hace eso por un amor diferente, que la mayoría seguro que no entiende. Pero Bogado sí, y los otros también, la puta madre. Y por eso Bogado intuye que al Hormiga no hay con qué darle, y mientras intenta pincharle el globo se siente un sicario indigno y traidor.
Bogado trata de detenerse. No puede mezclarse en semejante embrollo, porque lo de terminar todos presos va en serio. Por eso lo enloqueció al otro con sus objeciones. Y le ha hecho mil quinientas porque el plan del Hormiga es imposible. Un sueño. Una utopía. Y aun cuando resulte, ¿qué va a cambiar?
Pero cuando se lo dicen los mira con esa cara de iluminado, con esa expresión de elegido, con esa fe de converso, con esa certidumbre de profeta, y los deja desarmados. O peor, les grita eso de “20 años” y es como que les entierra un clavo filoso entre las costillas; sienten que les chorrea la desolación por las venas y se les enfrían las tripas con el dolor sucio de la humillación y de la burla. Y no se pueden enojar porque el Hormiga, antes que a ellos, se lo está diciendo él mismo. Les dice “20 años” para que les duela, pero ellos saben que a él le duele más decírselo a sí mismo, lo lacera más que a nadie volver a escuchar esa cifra de escalofrío que ya le pesa como un ropero de plomo sobre el alma.
Y parece como si el Hormiga supiese que Bogado está a punto de derrumbarse, porque con uno de los marcadores que estuvo usando para las cruces y para las flechas escribe 1974-1994; esos ocho números a Bogado se le clavan en las entrañas y empieza a sentir que se le desinflan los argumentos y se le enturbia la lógica. Hace un último esfuerzo:
- Hormiga, te lo pido por favor. Pensá lo que decís. No tiene gollete. Aparte, suponiendo que no nos agarren, ¿para qué va a servir?¿No te das cuenta? Es un sueño, Hormiga, una fantasía.
El otro tarda en contestar, y cuando habla usa un tono mucho más enérgico, tal vez angustiado, casi como si estuviese a punto de largarse a llorar, como si las palabras le saliesen crudas, como si proviniesen de un lugar demasiado hondo como para cocinarlas antes de pronunciarlas: -Ya sé, Santiago. Ya lo sé. Pero no me puedo quedar con los brazos cruzados. ¿Qué querés que le haga?
Bogado no sabe qué contestar. ¿Qué puede retrucarle? El Hormiga no sabe qué hacer. Bogado tampoco. Al Hormiga le duele el alma con ese dolor que sólo entienden algunos. A Bogado también. Pero mientras el Hormiga soñó, calculó, laburó, investigó, planeó y preparó, él, Santiago Bogado, no ha hecho más que lamentarse y sufrir, sin mover un dedo. No sabe qué contestar y simplemente suspira, claudicando.
Carucha, que estuvo en silencio desde el comienzo, dice: “Yo me prendo”. José se apunta: “Yo también”. Bogado sacude la cabeza, con los ojos bajos. Sergio apoya a los otros, y los restantes dudan un segundo y hacen lo mismo. El Hormiga no dice nada. Sigue esperando las palabras de Bogado.
Bogado repasa todas las cosas estúpidas que hizo a lo largo de su vida y siente que está a punto de cometer la peor de todas. Algo lo tranquiliza: la mayor parte de esas estupideces las cometió por la misma causa que lo lleva a lo que está a punto de perpetrar, y tan mal no le ha ido. Toma aire buscando los últimos gramos de decisión que le faltan, alza la mirada hacia el Hormiga y pregunta: ¿Cuándo?”.
Veinte horas después están todos, excepto el Hormiga, en un baño de hombres, embutidos en dos retretes contiguos; de pie, pegados unos a otros, inmóviles y silenciosos, a oscuras. Bogado no siente los pies, adormecidos como están por el plantón. Lleva cinco horas ahí adentro, siguiendo la expresa indicación del Hormiga. Entró al baño, pasó de largo frente a la larga hilera de mingitorios y se metió en el último compartimiento de los inodoros. A las seis llegó Carucha. Seis y media, Ernesto. A las siete, Rubén. Los otros tres se acomodaron en el de al lado a medida que fueron llegando, siempre a intervalos de media hora. Al principio Bogado tenía los nervios de punta. ¿Qué iban a decir si los encontraban? El Hormiga había insistido: “Ese baño no lo revisan nunca y lo limpian cada muerte de obispo”.
Ahora Bogado está más calmado porque parece ser cierto. A las diez apagaron las luces. Carucha enciende de vez en cuando una linternita en forma de lapicera que lleva en la campera y Bogado ve los rostros de los todos como si fueran espectros o personajes de una película de vampiros. El que no quiere callarse es Rubén. En un cuchicheo casi permanente jode, se queja del dolor de gambas, pregunta cada diez minutos cuánto falta. De vez en cuando lanza una risita nerviosa, pero Bogado no teme que vaya a quebrarse. Simplemente muestra un poco más sus nervios, nada más. Él está igual, aunque la juegue de duro y de tranquilo.
A las doce empiezan a acalambrársele las piernas, pero aunque se muere de ganas de salir a dar unos pasos no se anima a desobedecer la orden del Hormiga. A la una escuchan que se abre y se cierra la puerta vaivén del ingreso. Unos pasos rápidos se dirigen en la oscuridad hacia el escondite: “Soy yo”, dice el Hormiga en un murmullo, justo cuando a Bogado está a punto de salírsele el corazón del cuerpo: “¿Cómo van?” contesta Carucha por todos y el Hormiga promete volver a las tres en punto.
A Bogado esas dos horas se le hacen eternas. Repasa una y otra vez la conversación del día anterior y se putea en silencio por haber aceptado semejante idea. Pero no dice nada. Los demás parecen convencidos, o por lo menos no ponen nerviosos a los otros planteando en voz alta sus dudas. Al cabo de un tiempo que parece infinito, Carucha anuncia que son las tres menos dos minutos.
Puntual, vuelve a abrirse la puerta. El Hormiga les dice que salgan. Primero tienen que apretarse contra la pared trasera, y Rubén debe subirse con cuidado al inodoro para hacer lugar suficiente para abrir la puerta. Iluminados a retazos mínimos por la linternita de Carucha mientras se contorsionan para salir de ese escondrijo, parecen títeres torpes. Cuando le toca el turno, Bogado tiene que contener una exclamación de dolor al poner en movimiento sus rodillas entumecidas. No ha dado diez pasos cuando el Hormiga los manda a todos cuerpo a tierra. Bogado se acuesta lo más rápido y silenciosamente que puede. No logra evitar que su nariz choque con el zapato de José, que acaba de aterrizar delante de él. Se palpa a ciegas, tratando de determinar si está sangrando. Cree que no. A una nueva orden del Hormiga, vuelven a ponerse en movimiento.
Bogado se alegra de que lo hayan repetido la noche anterior hasta el cansancio, después de que él se rindiera y aceptase la propuesta del Hormiga. “Al llegar a la puerta, cruzar cuerpo a tierra el pasillo, que va a estar a oscuras. Al sentir el mueble, girar a la derecha y avanzar quince metros, hasta el extremo de la larga repisa. Van a sentir olor a jabón en polvo”. Cuando el olor dulzón que suele saturar el lavadero de su casa le penetra en la nariz magullada Bogado comprueba que las instrucciones son precisas. Sigue recordando: “Ahí se complica un poco, porque tienen que cruzar el pasillo central: tres metros libres. Pero tenemos una ayuda: armaron una isla central con una oferta de papel higiénico que tapa bastante la cámara más cercana. Pasen rápido, a intervalos de un minuto, siempre pegados al piso. Eso sí: no toquen la pila de rollos porque es muy liviana, y si la tiran a la mierda no nos salva nadie”. Bogado pasa último, porque el Hormiga le pidió que cierre la marcha. Por un lado lo hace sentir bien esta confianza en su persona, pero al mismo tiempo teme a cada minuto que alguien salga de la oscuridad y lo levante del pescuezo con un manotazo. Se da vuelta y nada: la penumbra desierta, apenas las frías luces de emergencia llenando de sombras raras los pasillos.
A las tres y cuarto hacen un alto. Como está previsto, el Hormiga se levanta como si nada y camina resueltamente hacia otro extremo del enorme salón, donde están reunidos sus compañeros de trabajo. Vuelven a los cinco minutos. “Todo en orden”, asegura antes de volver a su puesto a la cabeza de la extraña víbora que forman los cuerpos reptando sobre el piso frío.
Es entonces cuando reemprenden la marcha y Bogado ve unas cuantas baldosas del piso frente a sí que, como si una llamarada súbita lo hubiese incinerado en el fuego de la revelación, toma conciencia del sitio en que se encuentra. No ha vuelto ahí en todos esos años, tan grandes son el dolor y la nostalgia. Otros sí han vuelto. Se lo han dicho. Pero él nunca fue capaz. No ha querido siquiera pasar por la calle ni por el barrio. Y ahora está ahí. Ahí metido.
Se abstrae del trance que está atravesando y de los objetos extraños y profanos que lo rodean. Se imagina tendido igual, de cara al piso, pero no sobre esas frías baldosas anodinas sino sobre el suelo que la escatiman. Se imagina la noche estrellada que, más allá del edificio que subrepticiamente recorren, baña de luz ese campo oculto bajo el cemento. Le gusta pensarse así, como visto desde el cielo, bañado por la luz azul de las estrellas, acurrucado en esa cuna de pasto crecido, y el miedo se le va derritiendo como un mal sueño. Con los dedos enguantados acaricia esas baldosas tristes y las baña con unas lágrimas contenidas durante demasiado tiempo.
Da vuelta el último recodo. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, distinguen el bulto que hacen sus amigos irguiéndose. Los imita. El Hormiga los ubica en los extremos de la enorme góndola, cuatro de cada lado. “A la una, a las dos, a las tres”. Todos empujan al unísono y logran mover el catafalco unos diez centímetros. Repiten el procedimiento varias veces.
-¿Hora?- pregunta el Hormiga.
- Tres y media –contesta Sergio.
- Estamos justo –responde el otro.
El Hormiga se inclina y enciende su linterna. Saca una barra de acero bruñido y hace palanca sobre una baldosa, que se levanta casi sin ruido. La dedicación de la Hormiga sigue conmoviendo a Bogado. Noche a noche, para no hacer bochinche en el momento definitivo, ha corrido solo la góndola, y ha limado la pastina y el adhesivo hasta socavar la mezcla. Levanta otra baldosa. Queda al descubierto un boquete estrecho, sobre un contrapiso gris y parejo.
El Hormiga pregunta de nuevo la hora.
-Menos veinticinco –responde Sergio
- Es ahora – retruca el primero.
Han formado una ronda alrededor del boquete. En ese momento se enciende un motor ruidoso a la distancia. Bogado está maravillado: los cálculos de Hormiga son exactos hasta en la hora en que se encienden las pulidoras del hall central.
A una señal, Rubén y Sergio sacan dos mazas y dos cortafierros con las cabezas envueltas en trapos gruesos, y empiezan a dar golpes sobre el agujero del piso. Bogado siente como si el ruido fuese atronador. Pero pasan los minutos y nadie viene desde la oficina de los guardias. Evidentemente las lustradoras tapan el sonido. A otra señal del Hormiga, Carucha y Ernesto reemplazan a los otros. Los demás miran extasiados. No pueden apartar los ojos de ese hueco que se ensancha. Se supone que uno de ellos –Bogado ya no recuerda cuál, ni le importa- debe estar de pie en el extremo de la góndola, vigilando el pasillo central y la línea de cajas, pero ninguno puede sustraerse al hechizo proverbial que toma forma en el centro de la ronda.
Cuando le toca el turno, a las cuatro menos diez, Bogado siente que flota en una excitación sin edad. Piensa en su tío, pero trata de borrarlo de su pensamiento por miedo a quebrarse tan cerca del triunfo. El Hormiga, olvidado de su papel de estratega, da vueltas y saltitos asomándose sobre las cabezas inclinadas, y repite como loco: “Ahora sí, muchachos. Ahora van a ver. Ahora se nos da. Es cuestión de sacar de acá y poner allá, en el Bajo. Se acabó la malaria, van a ver, se los juro”. Y Bogado siente, mientras golpea frenético el cemento, que es verdad, que es cierto, que esta vez se corta el maleficio, y que son ellos los ángeles custodios del milagro.
Bogado siente una oleada de pasmo. El cortafierro acaba de hundirse, bajo el contrapiso, en una materia blanda. No puede contener un gritito. El Hormiga apunta la linterna al agujero. Una masa cenicienta y blanda yace bajo los restos de los escombros. No pueden controlarse. Se lanzan al unísono a escarbar con las manos desnudas, unos sobre otros. Dan las cuatro, pero no lo notan. Rubén, de repente, pide casi a gritos que se iluminen la mano. Ocho pares de ojos se clavan en su puño. Tiene la piel arañada, las uñas rotas, el anillo de casamiento opaco y cruzado de raspones. Y bien aferrado, como si fuera un tesoro de cuento, un puñado de tierra negra que asoma entre sus dedos crispados. Bogado trata de contener las lágrimas, pero cuando escucha los sollozos de Carucha, y cuando ve que Sergio se hinca de rodillas y se tapa la cara para que nadie lo vea, se lanza a moquear sin vergüenza.
El Hormiga se adelanta. Los demás le abren un espacio en el medio. Se hinca con la dignidad de un sacerdote egipcio que se dispone a escrutar las más oscuras trampas del destino. Sergio levanta la linterna y le ilumina las manos mientras recoge trocitos del tesoro en un frasco de vidrio. Cuando termina se pone de pie. Alza el brazo derecho con el frasco en alto. Vacíos de palabras, los ocho se apilan en un abrazo. Tardan en destrenzarse. A una orden del Hormiga salen disparando hacia una salida de emergencia.
En la cabina de control de cámaras, un guardia frunce el entrecejo. Otro le pregunta qué le pasa. El guardia piensa antes de responder. Esos monitores color son muy lindos, pero todavía no se acostumbra. Igual contesta que no pasa nada. Teme que su compañero piense que está loco si le dice que creyó ver, a la altura de la góndola de los fideos, pasar corriendo a unos tipos vestidos con camiseta de San Lorenzo.

"El golpe del hormiga" de Eduardo Sacheri.